El avance de las mujeres en la actividad emprendedora alrededor del mundo representa un interesante factor a considerar dentro del desarrollo económico y social de los países (Minniti et al., 2005, 2006a).
Actualmente, las mujeres constituyen más de un tercio de las personas involucradas en la actividad emprendedora del mundo (Amorós y Pizarro, 2008). Este fenómeno también ha tenido lugar en Latinoamérica, observándose cómo la mujer toma un rol cada vez más importante en la generación de empresas, a pesar de presentar aún una propensión menor a involucrarse en la actividad emprendedora que las mujeres de economías desarrolladas. Ante el escenario señalado, surge la necesidad de comprender cómo las mujeres se están relacionando con la creación de empresas, considerando que dicha actividad es un factor clave para incrementar el dinamismo en la economía (de Bruin et al., 2006).
A un nivel microeconómico, las mujeres también aportan estilos propios al momento de manejar compañías, solucionar problemas gerenciales y explorar oportunidades de negocios (Brush, 1990, 1992 y OECD, 2004).
Se concuerda en que las empresarias tienden a desarrollar un estilo gerencial más colaborativo, establecen relaciones más horizontales y son más sensibles frente a las necesidades de sus trabajadores (OIT 2000c).
En Chile, la actividad emprendedora de la mujer significa una ventaja adicional constituyéndose las mismas en parte del recambio de la fuerza laboral en sociedades que se encuentran en una fase de envejecimiento. La actividad emprendedora de las mujeres es diversa, sin embargo, se inclina preferentemente hacia algunos sectores, revelando algunas diferencias de género que también se evidencian al indagar sobre las motivaciones para emprender (Minniti & Nardone, 2007).
Por ejemplo, en Europa las mujeres son muy activas en el sector servicios, retail o educación y están sub-representadas en áreas como el procesamiento de datos, construcción e industria. También es posible señalar que, en general, los hombres emprenden mayoritariamente orientados por la búsqueda de oportunidades, mientras que las mujeres emprenden proporcionalmente más obedeciendo a necesidades, es decir, como una alternativa de subsistencia (Verheul et al., 2003; Minniti et al., 2006a).
Naturalmente, esto depende también del nivel de desarrollo del país puesto que se observa que los emprendimientos en países desarrollados provienen de mujeres 10 con estudios superiores, versus los emprendimientos de mujeres en países subdesarrollados, en los cuales se puede observar menor preparación académica (Minniti et al., 2005, 2006a).
Específicamente para el caso de Chile, Tiffins (2004) muestra que las empresarias establecidas cuentan en su gran mayoría con estudios superiores. Así, los factores que explican estas diferencias pueden ser muchos; distintos autores señalan que las distintas ocupaciones entre hombres y mujeres vienen dadas por un conjunto de factores como los intereses, la socialización, los factores institucionales y la discriminación (Reskin & Hartman, 1985).
Dichas características podrían ser extensibles al resto de factores aquí mencionados, como por ejemplo, las diferencias exhibidas en Europa, las cuales podrían explicarse en parte por elementos culturales y de entorno.
Las prácticas en cuanto a búsqueda de financiamiento también resultan ser distintas de las usadas tradicionalmente por varones. En este aspecto, algunos estudios han indagado la relación entre las mujeres y el sistema bancario y la posibilidad de prácticas discriminatorias de parte de este último.
Dependiendo según cómo se mida la discriminación, ésta podría tener lugar o no (Haines, Orser and Riding, 1999), sin embargo, otros autores refutan tal discriminación y explican cualquier diferencia según las competencias, habilidades y niveles educacionales de las mujeres (Fay and Williams 1993, Watson 2003, Johnsen and Mc Mahon 2005) o bien, a la posesión de activos (riqueza inicial) y a la predisposición psicológica negativa hacia la deuda.
En este contexto existen estudios que avalan las diferencias en la actitud frente al riesgo entre hombres y mujeres, sin embargo, también hay quienes señalan que existiría una mayor conciencia de éste, producto de la estructura de los hogares, el estatus de empleo de las parejas y las distintas responsabilidades familiares (Brawn et al 2006).
Algunas características interesantes se han observado en algunos estudios revisados. En algunos casos se identifica que las mujeres cambian su predisposición al emprendimiento dependiendo de la etapa del ciclo de vida del negocio, es decir, se van involucrando más en la medida que el proyecto va evolucionando.
Otro aspecto que hace diferencias entre las mujeres es si la emprendedora comenzó el negocio desde el inicio o bien lo asumió con algún grado de avance, lo cual a menudo está asociado a diferencias educativas. La asociatividad o afiliación a redes, aparece entre las mujeres como herramienta especialmente relevante y reconocida en cuanto al compartir experiencias de colaboración y aprendizaje.
CORTESIA DE
http://www.gesis.org/en/services/data/survey-data/eurobarometer/ 11
martes, 20 de septiembre de 2011
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