Estudiando al ser humano en su estado más puro. ¿En que momento un hombre o una mujer se encuentran en su estado más puro? Cuando aún no se han intoxicado de cultura, de presiones sociales ni de expectativas, es decir, cuando son niños.
El experimento es muy sencillo: cojamos a un niño y a una niña y presentémosles una disyuntiva moral. Estudiando las distintas reacciones que adoptan podremos inferir ciertas conclusiones. Luego, tras aplicar dicho experimento a muchos niños podremos llegar a conclusiones basándonos en las leyes de la probabilidad.
Kohlberg fue un psicólogo que se dedicó a estudiar los distintos estadios morales por los que pasa un ser humano en su desarrollo. Entre sus investigaciones destaca el caso de los niños de once años “Amy” y “Jake” a quienes planteó una situación en la que un hombre tiene a su mujer a punto de morir y no tiene dinero para comprar la medicina. El dilema que se plantea es robar o no la medicina para salvar la vida de la esposa moribunda.
¿Qué creen ustedes que haría el niño? ¿Y la niña? En el experimento el chico robaría la farmacia sin trabas éticas algunas, pero la chica intentaría dialogar con el farmacéutico para intentar llegar a un acuerdo. ¿Es ésta una constante de comportamiento de género? ¿Son los hombres más impulsivos y las mujeres más dialogantes? ¿No es verdad que la actitud de la niña ostenta un grado ético mucho más elevado que la del niño? El problema es que Kohlberg sólo plantea este dilema a dos niños quedando pendiente hacerlo a muchos más para extrapolar y obtener conclusiones. Planteen dilemas como este a sus hijos y se percataran de cuan diferentes somos hombres y mujeres (los unos de Marte y las otras de Venus, como dicen algunos).
Este ejemplo es parecido al que se plantea en un momento de la película Una mente maravillosa basada en la vida del premio Nobel de Economía John Nash, quien en pleno verano daba clase con las ventanas abiertas (aún no existía el aire acondicionado) hasta que unos obreros empezaron a hacer un ruido insoportable. La actitud del profesor fue la de cerrar la ventana y sufrir el calor, sin embargo una de sus alumnas intentó llegar a un acuerdo con los obreros para que trabajaran un poco más lejos pudiendo así permanecer las ventanas abiertas sin que ellos se vieran abocados a dejar de trabajar.
Igualmente, en la obra teatral El precio de Arthur Miller se observa dos actitudes éticas totalmente distintas: la de la furia, el enfado y el berrinche de los hermanos Víctor y Óscar y la de los intentos de conciliación, aproximación y entendimiento que realiza Esther (esposa de Víctor) ante las desavenencias económicas que se presentaron a la familia.
Parece que el dialogo, el intento de llegar a acuerdos, en una palabra, la puesta en práctica de la acción comunicativa (que diría Habermas), es una herramientas de fabulosas consecuencias éticas que parece estar dominada por el ámbito femenino. La mujer no quiere que sólo una de las partes del dilema moral se vea beneficiada, hará lo posible para que todas las partes no se perjudiquen.
Estas actitudes del universo femenino chocan con esa percepción anquilosada que dice que “las mujeres no pueden razonar”. Nada más falso, es más, quizá los hombres tienen más carencias de raciocinio a la hora de enfrentarse con problemas morales. Además, y siempre haciendo una excesiva generalización con el riesgo que ello supone, las mujeres son más agradables, más dispuestas a colaborar y arrimar el hombro, menos violentas y más entregadas por sus seres queridos que los hombres. Este hecho, que es meramente biológico, es cualidad más que suficiente para invitar a pensar que existe una ética femenina y que ésta es mucho más elevada que la del hombre.
Sin embargo, circula por esos mundos el bulo que dice que los hombres somos más honestos entre nosotros que las mujeres entre ellas mismas. Los sociobiólogos intentan explicarlo como “lucha entre mujeres por conseguir los favores del varón”. A mí esta explicación me repugna y no deja de ser una explicación fantasiosa como las que daba Kipling para explicar por qué los elefantes tienen las orejas enormes o las jirafas el cuello tan largo. No son más que conjeturas sobre supuestos que ni siquiera son verdad.
Además ¿quién si no el hombre es el que ha impuesto las reglas de lo que es ético o no? ¿No es sospechoso que la ética imperante haya surgido de un sistema social en que la mujer ha estado reprimida, anulada y condenada a las labores de su hogar? ¿Cabe la posibilidad de que en un sistema falócrata como el de antaño, y del cual quedan innumerables rémoras, se haya dado pie a las consideraciones de los sentimientos femeninos, sus percepciones y sus temores? Por ejemplo, los que han hablado sobre el cuidado de los hijos han sido los propios hombres y el Estado (eminentemente una institución masculina donde los haya), ellos han dictaminado lo que es conveniente o no, lo que la mujer debe hacer para ser considerada buena madre o no, sin dejar lugar a la opinión de las verdaderas protagonistas del acto materno. La docilidad con que la mujer se ha sometido a la voluntad del varón las ha postergado, hasta recientemente, a una situación en que lo ético era aquello que el varón decía que lo era.
No se podrá saber con certeza si existe de veras una ética femenina o si ésta no es más que un universal entre géneros, pero lo que sí parece claro es que las inquietudes y anhelos femeninos son, con diferencia, de un talante menos belicoso, huidizo de las guerras (que sólo hacen los hombres) y sustentadoras de una sociedad cuyo núcleo y base de la subsistencia es la familia de la que ellas son el núcleo, sin el cual ésta se desmorona.
lunes, 12 de diciembre de 2011
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